Siempre me atrajo lo diferente, lo curioso, lo extraño, lo perdido, lo imposible.... Me encantan aquellos que defienden sus ideales sin imponerlos. Me llevan a seguirles. Los que sienten y comparten sus argumentos sin venderlos. Les doy la razón de antemano. Los que luchan por lo que creen aunque nadie les crea. Me gustaría imitarles. Los que conocen sus límites y los superan día a día. Me motivan a empujarles. Los que celebran sus victorias en silencio y lloran sus derrotas ante los ojos de todos. Me pondría en ambos casos a su lado. Los que se sienten pequeños cuando el mundo les viene grande. Les abrazo, sin más. Los que detestan el conformismo y lo sustituyen por ilusión y superación. Me obligan a quererles.
Nunca me llamaron la atención las mayorías, y menos los “porque sí”. Siempre me sentí próximo a las minorías, y más a las conocedoras de su derrota a pesar de tener las mejores y más nobles causas. Odio la inercia y el que todo se haga porque siempre se hizo igual. No me identifico con los revolucionarios que resuelven las cosas a su antojo. Tampoco con quienes se hacen pasar por abuelos para contarnos mil batallas. Ni con los que se piensan insustituibles o más que nadie por llevar más tiempo aquí. Detesto ver en misa entonar el “por mi culpa” de golpe en pecho y que luego no te miren a los ojos para dar la paz. Dudo de las noticias que llegan por cauces oficiales y verificaré siempre los mentideros, aunque me ría de ellos, aunque se rían de mí. No mataré nunca al mensajero, aunque una colleja a veces le sentase bien. Haré oídos sordos cuando lo estime oportuno sin dar nunca explicaciones a nadie. Volveré a explicar lo inteligible para que vuelva a quedar claro.
Nunca me gustaron las películas facilonas con final feliz y menos si salía una bandera con barras y estrellas salvando al mundo. Si volviera a nacer, sería colchonero, sin duda. Si cantara, supongo que sería cantautor de voz rota con mil historias tristes que contar. Si soñase, me tomaría mi tiempo para estirar las noches y levantar fábricas de techos transparentes. Y que dominen países exóticos los medalleros del mundo, por favor. Siempre me gustaron más las hamburguesas de casa o del bar de la esquina porque no empezaban por Mc. Los zapatos planos antes que los de tacón. Creo que los electrodomésticos del bazar de mi calle funcionan mejor que los del centro comercial. Aunque mi voto sirviese de algo, tampoco votaría a uno ni al otro lado; son todos iguales.
Quienes piensen que me he confundido de blog y no hablo de Semana Santa, por favor, que dejen de leer aquí. Quienes crean que intento fundar una religión o una corriente filosófica y pretendan seguirme, que también se vayan. Quienes se hayan identificado con algo, que además de leer me corrijan y de paso dejen aquí sus porqués. Esta entrada va sin fotos. No hay ningún Cristo o Virgen que nos acompañen. Las fechas aconsejan dejarlos en capilla. Si alguien los necesita, que acuda a verlos allí. La Semana Santa es eso: una semana, siete días que hacemos santos. Y punto. Lo demás somos nosotros, es el mundo imaginario que nos creamos, que soñamos porque lo necesitamos para vivir; quizá porque sea más real que el día a día que tenemos establecido. Y dar más vueltas sobre lo mismo puede ser dañino para la salud. Casi será mejor hibernar en verano. Cerrar el chiringuito para cargar las pilas y volver más fuertes y comprometidos.
Pero hoy tengo la sensación de no sentirme solo, de que vuestros “De pequeños…” me han servido para ver que somos iguales. Me sigo sintiendo un poco extraño, en cierta medida un bicho raro en este mundo, al igual que vosotros. ¿Qué hacemos aquí? Cualquier persona ajena al mundo de las cofradías nunca nos entenderá, y me da la sensación de que otros sectores de la misma Iglesia tampoco. El “fraternal despelleje en Cristo” del vecino turista hace reflexionar si no estaremos en tierra de nadie. Nos da igual, nuestra isla no precisa de medicinas para curarnos, no las necesitamos. Llegará un día en que un buen doctor en ciencias sabrá descifrarme el genoma humano. Intuyo dónde estará situada la pasión cofrade, qué cromosoma compartirá. Alguno se asustará, pero este sentimiento va asociado a otros rasgos que sólo la ciencia sabrá explicar pero nunca entender porque van parejos. (“Frikis del mundo, uníos” que diría el otro). No sé si estamos jugando, o apostando por algo con pinta de derrota asegurada, pero da igual. La causa lo justifica. El futuro además es nuestro, verdad? O tal vez no seamos conscientes de que esto se desmorona y nos aferremos en levantar esa pequeña isla en la que estamos seguros. Y se desmorona o permanece a salvo por nosotros, lo llevamos escrito en la piel. Aún así, pienso que merece la pena, no?
Siempre admiraré a los batalladores que se pongan frente a cualquier causa que salga de su corazón. Me ocurre con mis otros dos cuando son más papistas que el papa; cuando se empeñan en hacer oídos sordos a sus cocos privilegiados y siguen los dictados de su corazón. Cuando dejan de razonar. Me encanta Tomás cuando ve al alto clero de nuestro lado. Me encanta ver a Ana poniendo sus espaditas en la calle. También lo hacen quienes día a día cogen un trozo de madera humilde e idean el mejor de los tronos para el mejor de sus dioses. O aquellos que nos prestan sus ojos detrás de la cámara: el que en Salamanca sigue llamando por teléfono con la misma ilusión de cuaresma o el que desde Zamora se asoma a mi ventana vía internet buscando buenas nuevas. O el que habita en dos hogares, aunque uno sea trasatlántico. Y los que rezan aquí y allí, haciendo verdad que Salamora existe; el que busca carrera universitaria sin prisa pero sin pausa, el que trabaja en verano para poder hacerse presente en cuaresma, el que oposita a dos contra casi mil… y los que me dejo soñando en el tintero.
No somos tan pocos. Al final no vamos a ser minoría; a ver si no vamos a perder, incluso nuestras causas perdidas. De todas formas, yo me apunto a arriesgarme con ellos. Si alguien quiere apostar, que lo haga por nuestra derrota. Da igual. También llevamos en nuestros rasgos esta rareza.
Roberto
jueves, 19 de julio de 2007
lunes, 2 de julio de 2007
De pequeños
Escribo esta carta sabiendo que no se si voy a mandarla. o no nací cofrade, es mas creo que nunca he vivido la Semana santa como lo vengo haciendo estos últimos años.
Cada año, cada nuevo curso, todas la vacaciones de Semana Santa me marchaba al pueblo, allí asistía a los oficios y al resto de los poquitos actos que había y hay, de la mano de abuela, que fue quien me enseño mi primera oración. Cada domingo de Ramos veníamos a ver a “la Borriquita”, nos encantaba verla desfilar por la Rua, para mis primas y para mi era un domingo especial.
Pasaron los años, y cada Madrugada del Jueves Santo veníamos para ver a la “Virgen” como decía la niña, nuestra niña, que con nueve añitos nos dejo una mañana de noviembre. Ese mismo año, cuando llegue a casa, tenia una nota pegada en el teléfono, una nota de papel cuadriculado, escrita a bolígrafo con caligrafía de niña llena de tachones y flores volando pintadas de color rojo, (la tengo guardada como en gran tesoro) y decía tal cual os la escribo:
“Marías, no se te olvide que hoy tenemos que ir a ver a la virgen “
Fue la ultima vez que la vio. Después la vida me jugo otras malas pasadas, deje todo esto de un lado. Tuve unos años de flaqueza, pero ya ven, siempre hay tiempo para rectificar. Y cosas de la vida. ¿Quien me diría que sería cofrade? Cofrade de los azules, los que nunca había visto, los que no sabia que existían, procesión que nunca vi ni un Lunes Santo, ni el Viernes………Nunca había entrado en la capilla, pero siempre escuche decir a mi padre que cada vez que pasaba por allí entraba a rezar un padrenuestro. Mi padre no era de iglesias pero ya ven cosas del destino, sus dos hijos, forman parte de esta GRAN FAMILIA DE AZULES, y cada tarde de Lunes Santo, Viernes y Domingo de Resurrección sabemos que desde alguna parte esta echándonos una mano.
No les puedo contar mucho más, espero que mis descendientes puedan algún día escribir y contar más anécdotas que yo. Un beso a todos y gracias por estar ahí.
Cada año, cada nuevo curso, todas la vacaciones de Semana Santa me marchaba al pueblo, allí asistía a los oficios y al resto de los poquitos actos que había y hay, de la mano de abuela, que fue quien me enseño mi primera oración. Cada domingo de Ramos veníamos a ver a “la Borriquita”, nos encantaba verla desfilar por la Rua, para mis primas y para mi era un domingo especial.
Pasaron los años, y cada Madrugada del Jueves Santo veníamos para ver a la “Virgen” como decía la niña, nuestra niña, que con nueve añitos nos dejo una mañana de noviembre. Ese mismo año, cuando llegue a casa, tenia una nota pegada en el teléfono, una nota de papel cuadriculado, escrita a bolígrafo con caligrafía de niña llena de tachones y flores volando pintadas de color rojo, (la tengo guardada como en gran tesoro) y decía tal cual os la escribo:
“Marías, no se te olvide que hoy tenemos que ir a ver a la virgen “
Fue la ultima vez que la vio. Después la vida me jugo otras malas pasadas, deje todo esto de un lado. Tuve unos años de flaqueza, pero ya ven, siempre hay tiempo para rectificar. Y cosas de la vida. ¿Quien me diría que sería cofrade? Cofrade de los azules, los que nunca había visto, los que no sabia que existían, procesión que nunca vi ni un Lunes Santo, ni el Viernes………Nunca había entrado en la capilla, pero siempre escuche decir a mi padre que cada vez que pasaba por allí entraba a rezar un padrenuestro. Mi padre no era de iglesias pero ya ven cosas del destino, sus dos hijos, forman parte de esta GRAN FAMILIA DE AZULES, y cada tarde de Lunes Santo, Viernes y Domingo de Resurrección sabemos que desde alguna parte esta echándonos una mano.
No les puedo contar mucho más, espero que mis descendientes puedan algún día escribir y contar más anécdotas que yo. Un beso a todos y gracias por estar ahí.
Estela
Todo comenzaba 40 días antes con el manchurrón de ceniza en la capilla del colegio tras las “mini vacaciones” de carnaval. La cuenta atrás se ponía en marcha pero 40 días eran muchos, eran muy largos…
Durante 40 días los caminos matinales al colegio eran monotemáticos y semanasanteros con Álvaro, un chico de mi clase. Era en esos 15 minutos cuando soñábamos y hacíamos cuentas de los años que nos quedaban para abrazar los banzos, las procesiones que íbamos a ver, lo que descubríamos, lo que nos quedaba por aprender...
Era en cuaresma cuando Catalina, mi profesora, andaluza y monja, nos ponía en clase grabaciones de la radio de la salida de “su Virgen” que creo que era la Virgen de la Victoria, era entonces cuando la imaginación saltaba de nuevo y volvía a hacer de las suyas. Era también con ella con quien hacíamos pasos con cajas de zapatos y organizábamos una procesión por el pasillo del colegio, con cruz de guía y todo, eso sí, mi paso siempre a ruedas e incluso con el motor de una locomotora para que se moviera solo. ¡El mío sí que molaba!
¿Pero cuanto faltaba para que comenzase? Mejor no pensarlo…
El tiempo pasaba y cada vez quedaba menos, y ver a la Dolorosa en su paso para la novena significaba que quedaba muchísimo menos. La Semana Santa estaba allí, casi si podía tocar. Siempre me impactaron las espadas que la atravesaban pero subida al paso, desde el final de la capilla, a los pies del Padre y de la mano de papá lo hacía mucho más. Ella, elevando sus ojos hacia el cielo, que parecían evadir el dolor mirando por aquella ventana, rodeada por los faroles que sabe Dios si volverán y de fondo el canto fino de la monja al órgano que decía algo así: “Madre llena de aflicción, de Jesucristo, las llagas, grabad en mi corazón…”se grabaron en mí y llegaron a lo más profundo. Casi sin darme cuenta. Casi sin saberlo.
¿Papá has cogido el programa? ¿Papi a qué hora vamos a ir mañana a la procesión? ¿Papi y si no nos da tiempo? (¡Qué paciencia!)
A pesar de la larga espera el Domingo de Ramos llegó y después de la misa y coger el ramo íbamos a ver la procesión. Interminable, como siempre, pero era la nuestra, la de los niños, la de Jesús subido en un burro y ¡qué mas da que no sea de madera! Era y es mi borriquita, la de mi infancia y mis recuerdos, la del Cristo que siempre gustó a mi abuela. La mejor.
Y por la tarde a ver al Cristo del Perdón ¡en la que soltaban a un preso! ¿Quién sería de todos?
El lunes, martes y miércoles Santo, por las mañanas al colegio y por la noche a la calle. Esas procesiones eran intocables y mis preferidas. También lo son hoy. De la mano de mi padre y mi hermana, arropados por el frío de las noches que envuelven Castilla, lo más cerca de la puerta posible, la veíamos salir. Recuerdo que como cualquier niño, me impactaba ver como Jesús caminaba sobre la gente hacia nosotros, la Virgen llorando o la gente que iba descalza ¿no pasarán frío? Pensaba yo. El mecanismo para subir el Cristo de la Luz, la elegancia del Flagelado o la calavera al pie del Doctrinos eran los detalles que me gustaba seguir año tras año.
Después, ya en vacaciones, todas las mañanas daba paseos con mi abuelo por las distintas iglesias para ver los pasos. Fue en una de esas mañanas cuando comenzó mi vida de cofrade.
El jueves para mí era la Seráfica y sobre todo la Dolorosa. Enorme. También era la tarde para las estaciones, intentando ir siempre a iglesias con pasos y la Vera-Cruz tampoco podía faltar. El viernes hice madrugar a mi abuelo para que me llevara a ver la Dominicana. Un recuerdo que no se me olvidará fue ver a tres jóvenes con alguna que otra copa de más mirándome y frotándose los ojos, decían entre ellos ¡¿pero que hace un niño por aquí a estas horas?! ¡Pues que iba a hacer, iba a ver la procesión!
La de los 15 pasos si que era interminable y ¡qué frío! Los pasos a ruedas, el Rescatado, la melena de la Magdalena, los cortes en la procesión, los juegos con mi hermana a ver quién era el que tocaba la capa a más nazarenos…era lo de siempre y de nuevo Ella ¡y se le movían las espadas!
Salvo algún año que iba a ver la Soledad, mi Semana Santa se acababa aquí y pasaba hasta el año siguiente. Si no recuerdo mal, nunca vi la procesión de Pizarrales ni la del Resucitado. Durante el año solo quedaban los recortes de los periódicos para recordar esa semana, alguna que otra visita a la capilla de la Vera Cruz y los programas con los que me aprendía los recorridos de memoria. Era ahora el tiempo de pintar los pasos, de hacer recuento de las procesiones vistas, de tararear alguna marcha que me había gustado, de volver a soñar con la siguiente…
Con el tiempo la Semana Santa empezaba mucho antes de los 40 días, empezaba el domingo de Resurrección. Con el tiempo, las imágenes que veía de año en año, pasaron a formar parte de mi vida. Con el tiempo, aquellos desconocidos con los que cruzaba, si acaso, alguna mirada, fueron mis amigos y algo más, mi familia. Con el tiempo la cofradía fue mi casa.
Durante 40 días los caminos matinales al colegio eran monotemáticos y semanasanteros con Álvaro, un chico de mi clase. Era en esos 15 minutos cuando soñábamos y hacíamos cuentas de los años que nos quedaban para abrazar los banzos, las procesiones que íbamos a ver, lo que descubríamos, lo que nos quedaba por aprender...
Era en cuaresma cuando Catalina, mi profesora, andaluza y monja, nos ponía en clase grabaciones de la radio de la salida de “su Virgen” que creo que era la Virgen de la Victoria, era entonces cuando la imaginación saltaba de nuevo y volvía a hacer de las suyas. Era también con ella con quien hacíamos pasos con cajas de zapatos y organizábamos una procesión por el pasillo del colegio, con cruz de guía y todo, eso sí, mi paso siempre a ruedas e incluso con el motor de una locomotora para que se moviera solo. ¡El mío sí que molaba!
¿Pero cuanto faltaba para que comenzase? Mejor no pensarlo…
El tiempo pasaba y cada vez quedaba menos, y ver a la Dolorosa en su paso para la novena significaba que quedaba muchísimo menos. La Semana Santa estaba allí, casi si podía tocar. Siempre me impactaron las espadas que la atravesaban pero subida al paso, desde el final de la capilla, a los pies del Padre y de la mano de papá lo hacía mucho más. Ella, elevando sus ojos hacia el cielo, que parecían evadir el dolor mirando por aquella ventana, rodeada por los faroles que sabe Dios si volverán y de fondo el canto fino de la monja al órgano que decía algo así: “Madre llena de aflicción, de Jesucristo, las llagas, grabad en mi corazón…”se grabaron en mí y llegaron a lo más profundo. Casi sin darme cuenta. Casi sin saberlo.
¿Papá has cogido el programa? ¿Papi a qué hora vamos a ir mañana a la procesión? ¿Papi y si no nos da tiempo? (¡Qué paciencia!)
A pesar de la larga espera el Domingo de Ramos llegó y después de la misa y coger el ramo íbamos a ver la procesión. Interminable, como siempre, pero era la nuestra, la de los niños, la de Jesús subido en un burro y ¡qué mas da que no sea de madera! Era y es mi borriquita, la de mi infancia y mis recuerdos, la del Cristo que siempre gustó a mi abuela. La mejor.
Y por la tarde a ver al Cristo del Perdón ¡en la que soltaban a un preso! ¿Quién sería de todos?
El lunes, martes y miércoles Santo, por las mañanas al colegio y por la noche a la calle. Esas procesiones eran intocables y mis preferidas. También lo son hoy. De la mano de mi padre y mi hermana, arropados por el frío de las noches que envuelven Castilla, lo más cerca de la puerta posible, la veíamos salir. Recuerdo que como cualquier niño, me impactaba ver como Jesús caminaba sobre la gente hacia nosotros, la Virgen llorando o la gente que iba descalza ¿no pasarán frío? Pensaba yo. El mecanismo para subir el Cristo de la Luz, la elegancia del Flagelado o la calavera al pie del Doctrinos eran los detalles que me gustaba seguir año tras año.
Después, ya en vacaciones, todas las mañanas daba paseos con mi abuelo por las distintas iglesias para ver los pasos. Fue en una de esas mañanas cuando comenzó mi vida de cofrade.
El jueves para mí era la Seráfica y sobre todo la Dolorosa. Enorme. También era la tarde para las estaciones, intentando ir siempre a iglesias con pasos y la Vera-Cruz tampoco podía faltar. El viernes hice madrugar a mi abuelo para que me llevara a ver la Dominicana. Un recuerdo que no se me olvidará fue ver a tres jóvenes con alguna que otra copa de más mirándome y frotándose los ojos, decían entre ellos ¡¿pero que hace un niño por aquí a estas horas?! ¡Pues que iba a hacer, iba a ver la procesión!
La de los 15 pasos si que era interminable y ¡qué frío! Los pasos a ruedas, el Rescatado, la melena de la Magdalena, los cortes en la procesión, los juegos con mi hermana a ver quién era el que tocaba la capa a más nazarenos…era lo de siempre y de nuevo Ella ¡y se le movían las espadas!
Salvo algún año que iba a ver la Soledad, mi Semana Santa se acababa aquí y pasaba hasta el año siguiente. Si no recuerdo mal, nunca vi la procesión de Pizarrales ni la del Resucitado. Durante el año solo quedaban los recortes de los periódicos para recordar esa semana, alguna que otra visita a la capilla de la Vera Cruz y los programas con los que me aprendía los recorridos de memoria. Era ahora el tiempo de pintar los pasos, de hacer recuento de las procesiones vistas, de tararear alguna marcha que me había gustado, de volver a soñar con la siguiente…
Con el tiempo la Semana Santa empezaba mucho antes de los 40 días, empezaba el domingo de Resurrección. Con el tiempo, las imágenes que veía de año en año, pasaron a formar parte de mi vida. Con el tiempo, aquellos desconocidos con los que cruzaba, si acaso, alguna mirada, fueron mis amigos y algo más, mi familia. Con el tiempo la cofradía fue mi casa.
Álvaro
lunes, 18 de junio de 2007
De pequeña
Como todos los que os asomáis a esta ventanita, yo también nací cofrade. Unos lo érais sin saberlo, desde las aceras; otros lo éramos como yo, a la que apuntaron a las cofradías casi antes que en el registro civil. Pero nací hembra en un mundo macho y eso suponía y supone aún nacer cofrade vetada desde la cuna, cercenada en virtud de sinrazones que nadie me ha sabido razonar.
Supongo que el hecho de nacer niña impidió entonces que, como mis hermanos, mis primos, mi padre, sus hermanos, mis abuelo, mi bisabuelo y todos los hombres de mi familia por vía paterna, pudiese vestir la liviana túnica de la Congregación en la madrugada del Viernes Santo, que sigue siendo mi cofradía sin ser la mía. Que será la túnica que me acompañe en mi último viaje porque quiero que su negro desvaído sea el último beso que me dé esta tierra zamorana antes de partir.
Supongo que por eso nunca he podido arrimar mi hombro bajo la mesa de la Virgen de los Clavos, que lleva más de ciento veinte años sustentada en el sudor de los varones de mi casa y a cuya imagen murió aferrado mi abuelo, que jamás pisó la iglesia pero siempre santificó su nombre. Ni podré hacerlo nunca bajo el Nazareno doliente que parió la gubia de mi padre, a cuyos pies firmó con lágrimas la obra el mismo día en que murió mi abuela, que se llamaba Carmen y se nos fue de vuelo como una golondrina hace siete años, en la mañana del último día de febrero.
con su túnica blanca de lana, su fajín de pana verde y su caperuz recostado en el antebrazo, y yo me quedaba con la nariz pegada al cristal maldiciendo la mala suerte de haber nacido mujer, aunque cumplidos los diecisiete tuve el privilegio de ser una entre treinta de aquellas primeras encapuchadas "ab experimentum" que acompañamos con enorme emoción al Cristo de los Barrios Bajos por las calles.
No sabía entonces que un par de años más tarde llevaría por primera vez sobre mis hombros a un Jesús Vivo hacia los muros del camposanto para rezar por mis muertos, escuchando los murmullos de desaprobación incluso entre mis amigos y los míos porque era una intrusa, porque era una forastera, la primera, en tierra de nadie. En la tierra copada bajo el signo de Caín, bajo el peso discutible de la tradición y los siglos, de la voz grave y los atributos de los hombres. Pero eso es parte de otra historia.
Me ejercité de cofrade como todos los zamoranos, dando mis primeros pasos en "La Borriquita", con las galas de estreno, los zapatitos nuevos y la palma en ristre, de la mano de mi madre. Después, con tres años, amaneció Jueves Santo y también mi madre me enfundó en un abrigo negro de negro paño y me echó al cuello la medalla de latón con cinta verde de seda que tantas procesiones y tantos cumpleaños me acompañó después a lo largo de los años. Aquella mañana en que me puso unos guantes blancos que me sobraban por todos los lados, unos calcetinillos de perlé blanco y
una capota de terciopelo negro sobre los ricillos rubitos -no tenía pelo suficiente para sujetar una peineta- y me dió el primer beso antes de salir a las calles para debutar como Dama de la Virgen de la Esperanza. Porque todas nuestras procesiones, de niños y de mayores, comienzan en el beso de la madre y finalizan con el beso de la madre, que siempre te esperaba despierta cuando volvías a casa arrastrando los pies de puro agotamiento.
una capota de terciopelo negro sobre los ricillos rubitos -no tenía pelo suficiente para sujetar una peineta- y me dió el primer beso antes de salir a las calles para debutar como Dama de la Virgen de la Esperanza. Porque todas nuestras procesiones, de niños y de mayores, comienzan en el beso de la madre y finalizan con el beso de la madre, que siempre te esperaba despierta cuando volvías a casa arrastrando los pies de puro agotamiento.De la mano de mi prima Carmen, que tendría entonces cinco años y parecía una niña calé, y de mi tía Maruja, que era un bellezón rotundo de Julio Romero de Torres con su cara morena enmarcada en la blonda negra, cumplí mi primera procesión, con las mejillas ateridas por el frío y el orgullo inmenso de saber que la Virgen me sonreía. Y así, de la mano, con mis zapatitos Gorila de suela gorda y la medalla que nos hermanaba sobre el pecho, quedamos inmortalizadas en la cámara del veterano Trabanca al finalizar la procesión, con las doradas piedras de San Andrés de fondo, que aún guardan aquella primera salve chapurreada, salvada por boca de las demás damas.
Y fue mágica aquella mañana en que se quemó mi humilde tulipa de cartón -ahora es de cristal- y pasé por primera vez el puente al lado de la Virgen del manto verde, ese manto que ahora ayudo yo a colocar con mis manos en vísperas de la procesión y que arropa a todos los zamoranos cuando nos acaricia mecido con suavidad y elegancia por sus cargadores.
Dos años después vestiría el luto acompañando a la Soledad, la Virgen a la que todos en mi familia fuimos presentados nada más nacer, porque mi abuela vivía puerta con puerta con la iglesia de San Juan durante
más de medio siglo, en aquellos balcones que fueron privilegiados miradores de las procesiones, sentada sobre su regazo inmenso y generoso.
más de medio siglo, en aquellos balcones que fueron privilegiados miradores de las procesiones, sentada sobre su regazo inmenso y generoso. Forrada de ropa, con no sé cuántas capas bajo el abrigo de lana gorda que me tejió mi madre en poco más de un día. De luto riguroso y con la carita lavada; de luto sencillo, sin necesidad de los actuales hábitos estrafalarios que han matado la luminosidad que conformaba el cortejo que acompañaba a nuestra dulce Soledad. La Virgen de las manos enlazadas y rostro hermoso que ya de niña me provocaba lágrimas de emoción cuando la veía asomar bajo el rosetón románico. La Virgen ante la que formábamos mis primas y yo como un pequeño ejército año tras año. La misma que bendijo bautizos, sacramentos, duelos y amores entre los de mi sangre y que contempló los primeros juegos y las primeras sonrisas de mi padre y sus cuatro hermanos, niños de posguerra que jugaban entre los pasos y se hicieron mayores a los pies de su altar.
Y aún pasarían dos años más hasta que pudiese salir al lado de Nuestra Madre. La madre de las madres. La que enciende en amores la noche del Viernes Santo. Era la puesta de largo, porque hasta ese momento las procesiones de la noche estaban prohibidas, era muy tarde. Pero salir en Nuestra Madre era hacerse cofrade con todas las de la ley. Supe entonces del dolor y la decepción, cuando en San Vicente se decidió suspender la procesión ante el aguacero que caía y yo tuve que volver a casa de la mano de mi madre, con mi velita sin encender y las lágrimas inconsolables de los niños, que siempre lloran de verdad.
Después llegaba la mañana de Resurrección, en que Cristo sube por la cuesta de mi casa mientras lo esperábamos en el balcón y descansa al pie de los tilos mientras los cofrades desayunan churros y aguardiente en el patio, cuyas piedras abren el tiempo de los charros y las jotas. Mi madre nos endomingaba de nuevo para incorporarnos desde casa a la procesión, la primera romería de Pascua, que finalizaba con la algarabía de la bajada de Balborraz con marchas de gloria y el sonido de la flauta y el tamboril declarando abierta la primavera.
Ahora ha pasado el tiempo y han cambiado tantas cosas, que daría un mundo por volver a esa Semana Santa en que yo pensaba que los días eran santos de verdad, que todo el mundo se hermanaba de verdad y que las virgenes de espadas no eran de puñales y
Creo porque veo bebés en brazos de sus padres estrenándose en la fila, haciendo penitencia sin saberlo. Y sus sonrisas y su sueño plácido son la continuidad de todo lo que nosotros hemos ido dejando atrás. Y quiero pensar que a las niñas que ahora llegan al mundo alguien les explicará en tiempo pasado que hubo un día en que a las mujeres nos cerraban las puertas sólo por nacer mujeres. Y yo les contaré cómo nos apostamos en esa puerta para abrirla tímidamente, cómo lo peleamos, cuánto cuesta algo tan simple como ponerse un caperuz y hacer de la noche el silencio.
Sigo sin poder vestir la túnica de La Congregación; de mi Congregación. Siguen sin explicarme por qué no puedo cargar con la Virgen de los Clavos o con el Nazareno, hombro con hombro con los míos. Sigo compilando fotos abrazada a mis amigas -siempre las mismas, más de veinte años compartiendo silencios- antes de hacer la penitencia bajo el caperuz o con la mantilla, sumando años. Sigo huyendo de quienes prostituyen todo lo que tocan utilizando en falso en nombre de Dios. Sigo buscando el anclaje de mi infancia para creer que los Cristos y Vírgenes a quienes rezo a mi manera son carne entre la carne a quienes aprendí a besar desde niña.
La pequeña Lucía, la siguiente generación, me lavó el alma cuando con sólo tres años la llevé conmigo enlutada alumbrando a nuestra Soledad, aprendiendo su primera procesión, la que nunca se olvida. Quizá ella dentro de muchos años hable de la seguridad cálida que le trasmitió mi mano en esa primera noche, como hablo yo ahora de la de mi tía, cuyo tacto aún guardo en la palma de mi mano. Y de su primera mañana de Jueves Santo, en que nevó y cayeron chuzos de punta mientras la Virgen subía por Balborraz y todos nos mojábamos bajo la misma lluvia. Y cómo la peineta se me escapaba entre su pelo suave; y cómo le sobraba guante por todos los lados. De momento, me conformo con encontrar en esos ojos que se abren a la vida la misma emoción, la misma ilusión y la misma admiración que brillaban en los míos cuando tenía su edad.
Nadie podrá quitarme nunca, como a tí Roberto; como a tí, Tomás; como a todos los que nacimos cofrades de una u otra manera, esa ilusión primera que es la que nos mueve, nos acerca y nos abriga el corazón tantos años después. Por eso nuestra semana sigue siendo santa.
Ana.
viernes, 15 de junio de 2007
Te he echado de menos
Tomás
jueves, 14 de junio de 2007
De pequeño
“De pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor voy a aprender a ser pequeño…”.Esta frase no es mía pero la suscribo muchas veces en la vida. Pertenece a una de mis canciones favoritas. Y si comienzo con ella, es porque hoy os traigo un reto a medio camino entre la nostalgia y la ilusión de la infancia. Os propongo volver a nuestro pasado, al tiempo en que descubrimos nuestras procesiones, nuestros Cristos y Vírgenes, los estandartes y las marchas procesionales con la mirada de un niño. Porque hoy me apetece contaros cómo vivía la Semana Santa de pequeño sin siquiera formar parte de ninguna cofradía.
En mi caso no nací cofrade, si no que me hice. Mis padres no acudieron a apuntarme a ninguna cofradía recién bautizado así que yo solito fui poco a poco dándole f
orma a un aspecto de mi vida del que cada día estoy más orgulloso. Lo bueno de hacerlo así es que es uno mismo el que toma la decisión de formar parte de este mundo y sobre todo qué cofradía hacer tuya. Y sé que acerté. Pero hoy no os voy a contar mis primeros años como cofrade, sino mi andadura en las aceras.Recuerdo cómo mi hermana y yo hacíamos a mis padres llevarnos a ver todas las procesiones, de las que nos sabíamos programas e itinerarios de memoria. Veíamos La Borriquilla después de misa, con el ramo y alguna prenda a estrenar, mientras que el Perdón era pasar toda la tarde en Jesuitas y buscar cuál era el preso liberado. Lunes, Martes (nunca logré ver la promesa del Silencio) y Miércoles aburría a mi madre por Compañía porque me parecía el mejor sitio para verlas. Sí recuerdo ver salir la Agonía Redentora de la Catedral en silencio y a oscuras. Después, el Jueves, veíamos a la Seráfica en el centro, con pipas y gusanitos en primera fila junto al resto de niños mientras los padres nos guardaban l
as espaldas. Más tarde corríamos a ver a los del Arrabal a la Catedral, para ir después a Anaya a ver soltar las palomas y correr otra vez mientras se recogía la Seráfica.Nunca ví a la Dominicana de noche -prometo sacar fuerzas algún año para ver la salida-; nunca supe diferenciar si era andaluz lo que veía o no, quizá porque siempre me entretuve mirando a los ojos directamente a sus imágenes para sentirlas tan mías como el que más.
El Viernes Santo por la mañana era para presenciar el Descendimiento, hacer las Estaciones, y así poder ver los pasos en sus iglesias, ya que por la tarde me cansaba y no podía verlos bien entre tanto jaleo. Al menos siempre supe distinguir el “culocolorao” del “bocarratonera”, que Huerto y Veracruz eran cofradías distintas aunque primas hermanas, si bien me costaba distinguir a los “morados” entre tanta fila y tanto “pueblo” sin hábito. Llegar a la Soledad tenía su mérito, y más ver toda la procesión entera, pues no recuerdo ningún acto para aliviar la espera. Ver al Liberación por primera vez bajar San Blas, de recogida a casa y sin saber ni que existía impacta a cualquier niño, al igual que su traslado el Viernes de Dolores en el interior del cementerio. Y desde el balcón de casa podía ver Vía Crucis y Silencio; quizá por ello siempre las veré con
otros ojos.La Resurrección era otra procesión larga pero entretenida viendo hábitos tan diferentes y con tanta alegría. Era un día de pena en cierta manera, porque se acababa todo. Pero era sobre todo de emoción porque Cristo había resucitado. Y qué bonito es nuestro Jesús. Me lo parecía entonces y me lo sigue pareciendo.
Así me la enseñaron, así me la aprendí y así me la inventé. Me educaron para que sólo permaneciera expectante en silencio durante las procesiones que pasaban ante mí, compaginándolas con cultos y oficios. Nadie me dio una enciclopedia para referirme lo que veía, si eran carrozas, mesas o tronos, estandartes o bacalaos, banzos o costales. Tampoco me enseñaron a criticar músicas, flores o indumentarias. Nadie me enseñó que las Vírgenes fueran señoras o reinas ni que hiciera mal por llamar a los Cristos con diminutivos por su pelo o su cara si ese mote salía del corazón. No me aprendí apellidos con los que tener que dirigirme a nadie por muchos años y méritos (que no los niego) que tuvieran las caras visibles de cada hermandad, ni por supuesto quise saber que nadie fuese más que nadie por edad o cargo.
Muchas de estas cosas sigo sin querer aprenderlas, tal vez porque en la ignorancia esté la felicidad. Lo bueno fue que nadie me enseñó que lo mejor de todo esto no eran los Dioses de madera con los que cargamos una Semana, si no que eran esos dioses de carne y hueso con los que compartimos pasiones el resto del año y de vida. Esto lo aprendo a diario y me encanta que sea así. Por eso hoy he querido retaros como un niño, jugando a que recordéis esos días y nos los contemos unos a otros. Que cuando vuelva a entrar en vuestros blogs me encuentre una nueva entrada titu
lada “De pequeño…” y si no, utilicéis este “Todos por igual” para que empiece a ser la casa de todos.Sería genial que esto no se quede aquí, si no que aprendamos a ser pequeños y cuando llegue Cuaresma la recordemos, la vivamos, la miremos así: con los ojos de un niño. Yo voy a aprender a ser pequeño, vaya que si lo voy a hacer, y sé que no será nada fácil. Y aunque en las reuniones de nuestra querida Junta de Cofradías me recuerden que ya estoy más feo y más calvo, la ilusión del niño que pervive en mí nunca me la quitarán.
Roberto.
sábado, 9 de junio de 2007
Hay un Corazón que late
Tomás
miércoles, 30 de mayo de 2007
La Sonrisa de Dios
Queridos dos:Me toca a mi retomar este blog a tres, este orgullo de ser el fiel de una equilibrada balanza, de saberme resguardada por la fe y las flores, por la prosa, la poesía y la ternura; por este sentimiento que nos une.
Cuando me invitaron a ser la una de esta trinidad no me lo pensé: me apetecía, me encantaba, me sentía en casa. Después me arrepentí y me sentí una intrusa. Y después enseguida me reafirmé: quería estar aquí, quería ser una pasión más entre estas pasiones. Qué más da que sea aquí o allá, que sea en Zamora o en Salamanca, si el corazón es viajero, si en sus mapas no existen fronteras, si no podemos levantar muros en todo aquello que venga en nombre de Dios.
Somos los hombres los que lo mangoneamos y lo ensuciamos, somos nosotros los que no respetamos el valor sagrado que encierra todo lo que compartimos: la oración de puertas adentro, el rezo bajo el caperuz, el sudor abrazando la madera, la emoción de la procesión cumplida o el valor del gesto, de algo tan pequeño, tan sencillo, como depositar un beso a los pies de un Cristo que duerme. Y nosotros, esta familia de tres con todas sus ramificaciones, somos otra cosa.
Al uno, al que transita la vida con su bata blanca como una bandera de la esperanza, le debo la serenidad de su fe inquebrantable, el valor de sus silencios y de sus palabras. La cordura sin fisuras de su bien amueblada cabeza. El nombre de los días, el valor de una noche inolvidable en la que un hombre susurraba a las petunias y nosotros le sosteníamos haciendo hermandad bajo las estrellas. Por eso le pedí que rubricase mi ingreso en la Vera Cruz, que me dejase ser una entre los suyos. Y aquí me quiero quedar. Por su honestidad, por su limpieza, por su testimonio.

Al otro, al que fabrica flores, le debo mil pensamientos y las noches mágicas en que el corazón alza el vuelo. La sonrisa de cada día, la que me pone en pie en estos días de carencias de hierro, pero ricos en alegría, que es nuestro mayor tesoro. La certeza de que existe un Dios que nos abraza desde la Cruz, que compartimos con todos y que sentimos nuestro.
Por eso también quise que fuese mi aval en este cheque de ilusión a fondo perdido. Por eso quise traspasar de su mano las puertas de la que ya es mi hermandad. Y sé que quiero soñar mil procesiones un pasito por detrás de él para aprenderme sus caminos o quedarme simplemente a su lado y descubrirlos sin decirle nada.
Son mis dos compañeros de viaje; son mi suma; son mi espejo. Y me encanta que sean ellos quienes me lleven de la mano por los latidos de las viejas piedras, por la historia de cinco siglos, por la amistad, por el amor. Cada uno a su aire, pero todos a una. Y me encanta que sean ellos quienes me ayuden a descifrar los escritos en la piel que atesoráis a orillas del Tormes, y que tengamos correspondencia de ida y vuelta. Calle arriba y calle abajo. En el número dos de la calle de Abajo siempre. Duero subiendo y Duero bajando. Nuestros dos ríos, que son el mismo agua.
A los demás, os dejo aquí abiertas las puertas. Las del corazón y las de todo lo que tenga que venir. De eso se trata. De construir, de conocernos, de completarnos, de enriquecernos, de compartir y de seguir avanzando. De hacer santos de verdad los días, de bendecir las noches, de alimentarnos de compañía y lograr que sea cierta la sonrisa de nuestro Dios Dormido, que seguirá iluminando al mundo cuando nosotros ya no seamos nada.
La una (a secas).
Son mis dos compañeros de viaje; son mi suma; son mi espejo. Y me encanta que sean ellos quienes me lleven de la mano por los latidos de las viejas piedras, por la historia de cinco siglos, por la amistad, por el amor. Cada uno a su aire, pero todos a una. Y me encanta que sean ellos quienes me ayuden a descifrar los escritos en la piel que atesoráis a orillas del Tormes, y que tengamos correspondencia de ida y vuelta. Calle arriba y calle abajo. En el número dos de la calle de Abajo siempre. Duero subiendo y Duero bajando. Nuestros dos ríos, que son el mismo agua.
A los demás, os dejo aquí abiertas las puertas. Las del corazón y las de todo lo que tenga que venir. De eso se trata. De construir, de conocernos, de completarnos, de enriquecernos, de compartir y de seguir avanzando. De hacer santos de verdad los días, de bendecir las noches, de alimentarnos de compañía y lograr que sea cierta la sonrisa de nuestro Dios Dormido, que seguirá iluminando al mundo cuando nosotros ya no seamos nada.
La una (a secas).
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