jueves, 27 de septiembre de 2007

Las costureras de la Virgen

(Para Mari. Para Estela)

Parecía una muñequita estrenando sus galas de luto y oro al pie del Doctrinos en el día de la Cruz. Con su manto nuevo y esa cara que se nos pone a las mujeres cuando nos echamos por encima una prenda por primera vez y nos sentimos guapas. Enmarcada en cientos, miles de abalorios formando una puntilla con reflejos de azabache y de cristal, con el suave rastro del terciopelo sobre la piel y la caricia de miles de puntadas en hilo dorado iluminando su rostro de sonrisa amorosa y doliente.


En las vísperas de la fiesta de septiembre, al caer la noche, la vistieron las mujeres como a una novia de puertas hacia adentro. Despacito, con mimo y ceremonial en las manos, como si fuesen las ropas porcelana a punto de quebrarse. Dibujando blondas de encaje en el óvalo de la cara como si las meciese el aire igual que el Lunes Santo cuando sigue por las calles a su Hijo mientras va redondeando la luna de la primavera. Aliviando el negro de su alma con mantilla blanca como un pañuelo en el que verter todas las lágrimas del mundo. Cubriéndola de luto y hermosura como si fuese Viernes y estuviese en el monte de las calaveras esperando que volviese a sus entrañas el hijo de sus entrañas.

La Virgen estrenaba manto. Atrás quedaban las horas de ciencia y paciencia, la soledad del bastidor, el amor escrito con hilo, aguja y dedal. Las imagino bordando, codo con codo, madre e hija, sangre por sangre, en silencio, con una invisible cinta azul ciñéndoles los latidos; con la sonrisa que otorga la satisfacción de saberse costureras de la Madre de Dios. Sin talleres de renombre, sin presupuestos, sin estridencias, sin anunciarse. Dibujando en cordones de oro la cultura secular de estos pueblos nuestros que de siempre cubrieron a sus mujeres de terciopelos, sedas, lentejuelas, oro y azabaches en los días de ceremonia y solemnidad. Echándole horas a fondo perdido y dejándose la vista en cada puntada porque querían poner guapa a su Virgen y mostrársela así al pueblo que ese día acudía a besar los pies del Santo Cristo que duerme y sonríe.

Supongo que ellas no querrán ver sus nombres en negrita, pero no me resisto a dedicarles esta entrada desde la admiración hacia su artesanía del alma. Porque ellas son el eslabón de todas aquellas costureras de lo divino cuyos nombres nunca sabremos. Y aunque con el paso del tiempo hayamos hecho de lo suntuoso la norma, yo me quedo con el auténtico tesoro que suponen esos mantos, más allá de los oropeles y las filigranas: la oración de cada hebra, el incalculable entramado de amor que sus manos han dibujado para arropar el dolor de la Madre por las calles.

Gracias a las dos.

Ana.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Exaltación de la Cruz

El próximo día 14 de septiembre el calendario nos marca la fecha: es la festividad de la Exaltación de la Cruz. La cofradía de la Vera Cruz en los últimos tiempos señala este día en su particular calendario cofrade como razón de ser, no sólo para recordar nuestra vinculación con el Santo Madero, sino convirtiéndolo en la excusa idónea para reunirnos en torno a ella cuando estamos tan alejados de Cuaresma y de Semana Santa.

Así, tendremos la oportunidad de convivir en nuestra capilla, que ya es la de todos, durante tres días. Estamos ante el triduo de la Cruz. Cruz que se hace especialmente presente en nuestra casa dorada con El, el Sto Cristo de los Doctrinos, como símbolo para nosotros, prestando la mejor imagen a esta fecha. Y junto a El, como lo hace el Viernes Santo en procesión formando el paso de “El Calvario” compartirán protagonismo San Juan y la Virgen de la Amargura. Tres personajes para tres días.

El miércoles 12 la homilía estará especialmente dedicada a San Juan y, por consiguiente, a la juventud. Contaremos con la participación de los grupos jóvenes de cada una de las cofradías de nuestra ciudad, que han sido invitados a tal efecto y con nuestros anfitriones internautas, pues la Asociación Juvenil Cofrade de Salamanca merece que la madre y maestra de las cofradías charras actúe con ellos como tal. Y todos volveremos a ser un poco niños, como tantas veces quiero pensar, e iremos con nuestra camiseta de SOMOS AZULES siguiendo las ocurrencias y petición de nuestro presidente en un simpático detalle infantil, que a buen seguro nos unirá. Ojalá sepamos transmitir a nuestros jóvenes (yo cada vez me siento más viejo) nuestras creencias y tradiciones y que ellos hereden más pronto que tarde un lugar importante en nuestras cofradías para que traigan aire fresco.

El jueves 13 la cofradía se cerrará en sí misma, como le gusta a nuestra Madre de Lunes Santo, pues nuestra Amargura será fiel a su estilo. Tampoco voy a hablar de Ella, pues esta virgencita merece una entrada en este blog aparte. Este día, como cada vez que sale en procesión, no quiere estar sola, por lo que la misa servirá para recordar a nuestra hermana Teresa. Tampoco soy la persona adecuada para recordarla, pero a buen seguro se hará presente entre nosotros y sus hermanas de carga, las mismas que la acompañaron hasta el último momento y que incluso tuvieron el honor de despedirla portándola con el manto de la Virgen de la Alegría de la que tantos años fue jefa de paso.

Y el viernes 14 es la fecha. Durante ese día nuestra casa estará abierta a todo aquel que quiera visitarla para honrar al Cristo de los Doctrinos en su besa pies. Poco os puedo decir de mi Cristo. Poco os puedo decir de nuestro Cristo. Es la mejor cruz para este día. Es la mejor cruz para exaltar. Y quién mejor para hacerlo que nuestra Ana. Sin apellidos ni denominaciones de origen. El otro día una voz respetable nos dijo “menudos fichajes estáis haciendo últimamente”. Supongo que ella no se sentirá aludida. Y nosotros la aceptamos como tal. O tal vez los fichajes seamos nosotros, quién sabe. Sólo sé que el mismo día que la conocimos, Tomás y yo no tuvimos más remedio que pedirle que alguna vez nos echara una mano en algún acto e inmediatamente pensamos en éste. Ese alguna vez sonaba lejano, pero los días fueron pasando, meses intensos en que la descubrimos y ahora es una más. Milagros de Internet. Cuando se lo pedimos “oficialmente” no lo hicimos por su currículo (¡vaya si lo podíamos haber hecho!), si no que se lo pedimos a nuestra hermana como forma de darle la bienvenida. Se lo pedimos a una de los nuestros.

No quiero recurrir al famoso pasteleo interblogs que compartimos entre todos porque además tampoco sabría que decir. Supongo que tras el Triduo alguno de vosotros tendrá la capacidad suficiente para hacerlo mucho mejor yo. Sólo me he querido adelantar para hacer constar simplemente eso: que no tendría palabras.

Y como guinda a este pastel, el acto será presentado por otro de los nuestros. Lo hará Antonio desde el otro lado del charco. Era nuestra manera de hacerlo presente. A buen seguro la voz de Ana cruzará el Atlántico y sonará como el mejor canto. Y como buen “maestro de voz” que es, utilizará la mía para hacerse oír. Mientras escribo estas líneas recibo un mail con remite de Indiana con su texto. Casi mejor lo leo directamente en el atril y así me hace la misma ilusión que a vosotros. Unos escriben, otros recitan, otros leen: trabajo en equipo. Para mí será la primera vez que hable en voz alta en la capilla. Tantas y tantas horas de oración y trabajo que he pasado allí y mi estreno será en voz de “otro” para dar paso a “una”. Me encanta que sea así. Perfecto. ¿Exceso de modestia? Para nada, más bien estilo Vera Cruz: que cada uno aporte su granito de arena.

Simplemente GRACIAS de antemano por todo, Ana.

Roberto.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Postal desde el verano

Queridos una y uno, Paz y Bien,

no es que haya pasado el verano en Cádiz (¡hubiese avisado!), pero se me ocurrió que las buenas gentes de Correos aceptarían de puro antiguo y simpático este sello sin franqueo, y casi hasta desdentado. Sé que estas líneas han llegado a buen puerto, a eterna bahía.

Os digo queridos a vosotros como sé que vosotros y yo decimos queridos, nuevamente, a quienes han vuelto. Porque hemos vuelto. Nunca nos fuimos del todo. Siempre estuvimos ahí, o aquí, o sabe Dios dónde, pero estuvimos.

Ahora todos los párrafos me suenan a castillos, en el aire o con firmes cimientos, pero castillos de esos que ya no se edifican al fin y al cabo. Yo prefiero pensar en fábricas de sueños, en casas con la puerta siempre de par en par y en templos abiertos desde donde sale el sol hasta el ocaso, y más allá. Prefiero soñar con el humo de los sueños y cruzar los umbrales de los hogares amigos. Y pensar que las causas perdidas son primero causas, razones y corazones con mucho que decir que hace tiempo pidieron la palabra. Y quiero leer más "de pequeños" para buscar las claves de mañana en aquel ayer que es siempre hoy. Y seguir creyendo que las postales llegan allí donde las están esperando, porque la fe, cuando se asoma al agua de una playa limpia o de un torrente serrano, ve la esperanza, sin más. Y entonces el amor hace fiesta en honor de sus hermanas.

Tomás

jueves, 19 de julio de 2007

Causas perdidas

Siempre me atrajo lo diferente, lo curioso, lo extraño, lo perdido, lo imposible.... Me encantan aquellos que defienden sus ideales sin imponerlos. Me llevan a seguirles. Los que sienten y comparten sus argumentos sin venderlos. Les doy la razón de antemano. Los que luchan por lo que creen aunque nadie les crea. Me gustaría imitarles. Los que conocen sus límites y los superan día a día. Me motivan a empujarles. Los que celebran sus victorias en silencio y lloran sus derrotas ante los ojos de todos. Me pondría en ambos casos a su lado. Los que se sienten pequeños cuando el mundo les viene grande. Les abrazo, sin más. Los que detestan el conformismo y lo sustituyen por ilusión y superación. Me obligan a quererles.

Nunca me llamaron la atención las mayorías, y menos los “porque sí”. Siempre me sentí próximo a las minorías, y más a las conocedoras de su derrota a pesar de tener las mejores y más nobles causas. Odio la inercia y el que todo se haga porque siempre se hizo igual. No me identifico con los revolucionarios que resuelven las cosas a su antojo. Tampoco con quienes se hacen pasar por abuelos para contarnos mil batallas. Ni con los que se piensan insustituibles o más que nadie por llevar más tiempo aquí. Detesto ver en misa entonar el “por mi culpa” de golpe en pecho y que luego no te miren a los ojos para dar la paz. Dudo de las noticias que llegan por cauces oficiales y verificaré siempre los mentideros, aunque me ría de ellos, aunque se rían de mí. No mataré nunca al mensajero, aunque una colleja a veces le sentase bien. Haré oídos sordos cuando lo estime oportuno sin dar nunca explicaciones a nadie. Volveré a explicar lo inteligible para que vuelva a quedar claro.

Nunca me gustaron las películas facilonas con final feliz y menos si salía una bandera con barras y estrellas salvando al mundo. Si volviera a nacer, sería colchonero, sin duda. Si cantara, supongo que sería cantautor de voz rota con mil historias tristes que contar. Si soñase, me tomaría mi tiempo para estirar las noches y levantar fábricas de techos transparentes. Y que dominen países exóticos los medalleros del mundo, por favor. Siempre me gustaron más las hamburguesas de casa o del bar de la esquina porque no empezaban por Mc. Los zapatos planos antes que los de tacón. Creo que los electrodomésticos del bazar de mi calle funcionan mejor que los del centro comercial. Aunque mi voto sirviese de algo, tampoco votaría a uno ni al otro lado; son todos iguales.

Quienes piensen que me he confundido de blog y no hablo de Semana Santa, por favor, que dejen de leer aquí. Quienes crean que intento fundar una religión o una corriente filosófica y pretendan seguirme, que también se vayan. Quienes se hayan identificado con algo, que además de leer me corrijan y de paso dejen aquí sus porqués. Esta entrada va sin fotos. No hay ningún Cristo o Virgen que nos acompañen. Las fechas aconsejan dejarlos en capilla. Si alguien los necesita, que acuda a verlos allí. La Semana Santa es eso: una semana, siete días que hacemos santos. Y punto. Lo demás somos nosotros, es el mundo imaginario que nos creamos, que soñamos porque lo necesitamos para vivir; quizá porque sea más real que el día a día que tenemos establecido. Y dar más vueltas sobre lo mismo puede ser dañino para la salud. Casi será mejor hibernar en verano. Cerrar el chiringuito para cargar las pilas y volver más fuertes y comprometidos.

Pero hoy tengo la sensación de no sentirme solo, de que vuestros “De pequeños…” me han servido para ver que somos iguales. Me sigo sintiendo un poco extraño, en cierta medida un bicho raro en este mundo, al igual que vosotros. ¿Qué hacemos aquí? Cualquier persona ajena al mundo de las cofradías nunca nos entenderá, y me da la sensación de que otros sectores de la misma Iglesia tampoco. El “fraternal despelleje en Cristo” del vecino turista hace reflexionar si no estaremos en tierra de nadie. Nos da igual, nuestra isla no precisa de medicinas para curarnos, no las necesitamos. Llegará un día en que un buen doctor en ciencias sabrá descifrarme el genoma humano. Intuyo dónde estará situada la pasión cofrade, qué cromosoma compartirá. Alguno se asustará, pero este sentimiento va asociado a otros rasgos que sólo la ciencia sabrá explicar pero nunca entender porque van parejos. (“Frikis del mundo, uníos” que diría el otro). No sé si estamos jugando, o apostando por algo con pinta de derrota asegurada, pero da igual. La causa lo justifica. El futuro además es nuestro, verdad? O tal vez no seamos conscientes de que esto se desmorona y nos aferremos en levantar esa pequeña isla en la que estamos seguros. Y se desmorona o permanece a salvo por nosotros, lo llevamos escrito en la piel. Aún así, pienso que merece la pena, no?

Siempre admiraré a los batalladores que se pongan frente a cualquier causa que salga de su corazón. Me ocurre con mis otros dos cuando son más papistas que el papa; cuando se empeñan en hacer oídos sordos a sus cocos privilegiados y siguen los dictados de su corazón. Cuando dejan de razonar. Me encanta Tomás cuando ve al alto clero de nuestro lado. Me encanta ver a Ana poniendo sus espaditas en la calle. También lo hacen quienes día a día cogen un trozo de madera humilde e idean el mejor de los tronos para el mejor de sus dioses. O aquellos que nos prestan sus ojos detrás de la cámara: el que en Salamanca sigue llamando por teléfono con la misma ilusión de cuaresma o el que desde Zamora se asoma a mi ventana vía internet buscando buenas nuevas. O el que habita en dos hogares, aunque uno sea trasatlántico. Y los que rezan aquí y allí, haciendo verdad que Salamora existe; el que busca carrera universitaria sin prisa pero sin pausa, el que trabaja en verano para poder hacerse presente en cuaresma, el que oposita a dos contra casi mil… y los que me dejo soñando en el tintero.

No somos tan pocos. Al final no vamos a ser minoría; a ver si no vamos a perder, incluso nuestras causas perdidas. De todas formas, yo me apunto a arriesgarme con ellos. Si alguien quiere apostar, que lo haga por nuestra derrota. Da igual. También llevamos en nuestros rasgos esta rareza.


Roberto

lunes, 2 de julio de 2007

De pequeños

Escribo esta carta sabiendo que no se si voy a mandarla. o no nací cofrade, es mas creo que nunca he vivido la Semana santa como lo vengo haciendo estos últimos años.
Cada año, cada nuevo curso, todas la vacaciones de Semana Santa me marchaba al pueblo, allí asistía a los oficios y al resto de los poquitos actos que había y hay, de la mano de abuela, que fue quien me enseño mi primera oración. Cada domingo de Ramos veníamos a ver a “la Borriquita”, nos encantaba verla desfilar por la Rua, para mis primas y para mi era un domingo especial.

Pasaron los años, y cada Madrugada del Jueves Santo veníamos para ver a la “Virgen” como decía la niña, nuestra niña, que con nueve añitos nos dejo una mañana de noviembre. Ese mismo año, cuando llegue a casa, tenia una nota pegada en el teléfono, una nota de papel cuadriculado, escrita a bolígrafo con caligrafía de niña llena de tachones y flores volando pintadas de color rojo, (la tengo guardada como en gran tesoro) y decía tal cual os la escribo:
“Marías, no se te olvide que hoy tenemos que ir a ver a la virgen “

Fue la ultima vez que la vio. Después la vida me jugo otras malas pasadas, deje todo esto de un lado. Tuve unos años de flaqueza, pero ya ven, siempre hay tiempo para rectificar. Y cosas de la vida. ¿Quien me diría que sería cofrade? Cofrade de los azules, los que nunca había visto, los que no sabia que existían, procesión que nunca vi ni un Lunes Santo, ni el Viernes………Nunca había entrado en la capilla, pero siempre escuche decir a mi padre que cada vez que pasaba por allí entraba a rezar un padrenuestro. Mi padre no era de iglesias pero ya ven cosas del destino, sus dos hijos, forman parte de esta GRAN FAMILIA DE AZULES, y cada tarde de Lunes Santo, Viernes y Domingo de Resurrección sabemos que desde alguna parte esta echándonos una mano.

No les puedo contar mucho más, espero que mis descendientes puedan algún día escribir y contar más anécdotas que yo. Un beso a todos y gracias por estar ahí.

Estela



Todo comenzaba 40 días antes con el manchurrón de ceniza en la capilla del colegio tras las “mini vacaciones” de carnaval. La cuenta atrás se ponía en marcha pero 40 días eran muchos, eran muy largos…
Durante 40 días los caminos matinales al colegio eran monotemáticos y semanasanteros con Álvaro, un chico de mi clase. Era en esos 15 minutos cuando soñábamos y hacíamos cuentas de los años que nos quedaban para abrazar los banzos, las procesiones que íbamos a ver, lo que descubríamos, lo que nos quedaba por aprender...
Era en cuaresma cuando Catalina, mi profesora, andaluza y monja, nos ponía en clase grabaciones de la radio de la salida de “su Virgen” que creo que era la Virgen de la Victoria, era entonces cuando la imaginación saltaba de nuevo y volvía a hacer de las suyas. Era también con ella con quien hacíamos pasos con cajas de zapatos y organizábamos una procesión por el pasillo del colegio, con cruz de guía y todo, eso sí, mi paso siempre a ruedas e incluso con el motor de una locomotora para que se moviera solo. ¡El mío sí que molaba!
¿Pero cuanto faltaba para que comenzase? Mejor no pensarlo…
El tiempo pasaba y cada vez quedaba menos, y ver a la Dolorosa en su paso para la novena significaba que quedaba muchísimo menos. La Semana Santa estaba allí, casi si podía tocar. Siempre me impactaron las espadas que la atravesaban pero subida al paso, desde el final de la capilla, a los pies del Padre y de la mano de papá lo hacía mucho más. Ella, elevando sus ojos hacia el cielo, que parecían evadir el dolor mirando por aquella ventana, rodeada por los faroles que sabe Dios si volverán y de fondo el canto fino de la monja al órgano que decía algo así: “Madre llena de aflicción, de Jesucristo, las llagas, grabad en mi corazón…”se grabaron en mí y llegaron a lo más profundo. Casi sin darme cuenta. Casi sin saberlo.
¿Papá has cogido el programa? ¿Papi a qué hora vamos a ir mañana a la procesión? ¿Papi y si no nos da tiempo? (¡Qué paciencia!)
A pesar de la larga espera el Domingo de Ramos llegó y después de la misa y coger el ramo íbamos a ver la procesión. Interminable, como siempre, pero era la nuestra, la de los niños, la de Jesús subido en un burro y ¡qué mas da que no sea de madera! Era y es mi borriquita, la de mi infancia y mis recuerdos, la del Cristo que siempre gustó a mi abuela. La mejor.
Y por la tarde a ver al Cristo del Perdón ¡en la que soltaban a un preso! ¿Quién sería de todos?
El lunes, martes y miércoles Santo, por las mañanas al colegio y por la noche a la calle. Esas procesiones eran intocables y mis preferidas. También lo son hoy. De la mano de mi padre y mi hermana, arropados por el frío de las noches que envuelven Castilla, lo más cerca de la puerta posible, la veíamos salir. Recuerdo que como cualquier niño, me impactaba ver como Jesús caminaba sobre la gente hacia nosotros, la Virgen llorando o la gente que iba descalza ¿no pasarán frío? Pensaba yo. El mecanismo para subir el Cristo de la Luz, la elegancia del Flagelado o la calavera al pie del Doctrinos eran los detalles que me gustaba seguir año tras año.
Después, ya en vacaciones, todas las mañanas daba paseos con mi abuelo por las distintas iglesias para ver los pasos. Fue en una de esas mañanas cuando comenzó mi vida de cofrade.
El jueves para mí era la Seráfica y sobre todo la Dolorosa. Enorme. También era la tarde para las estaciones, intentando ir siempre a iglesias con pasos y la Vera-Cruz tampoco podía faltar. El viernes hice madrugar a mi abuelo para que me llevara a ver la Dominicana. Un recuerdo que no se me olvidará fue ver a tres jóvenes con alguna que otra copa de más mirándome y frotándose los ojos, decían entre ellos ¡¿pero que hace un niño por aquí a estas horas?! ¡Pues que iba a hacer, iba a ver la procesión!
La de los 15 pasos si que era interminable y ¡qué frío! Los pasos a ruedas, el Rescatado, la melena de la Magdalena, los cortes en la procesión, los juegos con mi hermana a ver quién era el que tocaba la capa a más nazarenos…era lo de siempre y de nuevo Ella ¡y se le movían las espadas!
Salvo algún año que iba a ver la Soledad, mi Semana Santa se acababa aquí y pasaba hasta el año siguiente. Si no recuerdo mal, nunca vi la procesión de Pizarrales ni la del Resucitado. Durante el año solo quedaban los recortes de los periódicos para recordar esa semana, alguna que otra visita a la capilla de la Vera Cruz y los programas con los que me aprendía los recorridos de memoria. Era ahora el tiempo de pintar los pasos, de hacer recuento de las procesiones vistas, de tararear alguna marcha que me había gustado, de volver a soñar con la siguiente…
Con el tiempo la Semana Santa empezaba mucho antes de los 40 días, empezaba el domingo de Resurrección. Con el tiempo, las imágenes que veía de año en año, pasaron a formar parte de mi vida. Con el tiempo, aquellos desconocidos con los que cruzaba, si acaso, alguna mirada, fueron mis amigos y algo más, mi familia. Con el tiempo la cofradía fue mi casa.

Álvaro

lunes, 18 de junio de 2007

De pequeña












Como todos los que os asomáis a esta ventanita, yo también nací cofrade. Unos lo érais sin saberlo, desde las aceras; otros lo éramos como yo, a la que apuntaron a las cofradías casi antes que en el registro civil. Pero nací hembra en un mundo macho y eso suponía y supone aún nacer cofrade vetada desde la cuna, cercenada en virtud de sinrazones que nadie me ha sabido razonar.

Supongo que el hecho de nacer niña impidió entonces que, como mis hermanos, mis primos, mi padre, sus hermanos, mis abuelo, mi bisabuelo y todos los hombres de mi familia por vía paterna, pudiese vestir la liviana túnica de la Congregación en la madrugada del Viernes Santo, que sigue siendo mi cofradía sin ser la mía. Que será la túnica que me acompañe en mi último viaje porque quiero que su negro desvaído sea el último beso que me dé esta tierra zamorana antes de partir.

Supongo que por eso nunca he podido arrimar mi hombro bajo la mesa de la Virgen de los Clavos, que lleva más de ciento veinte años sustentada en el sudor de los varones de mi casa y a cuya imagen murió aferrado mi abuelo, que jamás pisó la iglesia pero siempre santificó su nombre. Ni podré hacerlo nunca bajo el Nazareno doliente que parió la gubia de mi padre, a cuyos pies firmó con lágrimas la obra el mismo día en que murió mi abuela, que se llamaba Carmen y se nos fue de vuelo como una golondrina hace siete años, en la mañana del último día de febrero.


Supongo que por eso mismo nunca me dieron explicaciones de por qué teniendo la misma escuela en casa y en la calle o dejándome llegar por mi tesón hasta rincones donde el resto de las niñas no accedían; jugando a las procesiones, soñando pasos y marchas fúnebres por los pasillos de casa; por qué recibiendo la misma catequesis generación tras generación que mis hermanos, llegaba el Martes Santo y los veía bajar por la cuesta de mi casa hacia La Horta,
con su túnica blanca de lana, su fajín de pana verde y su caperuz recostado en el antebrazo, y yo me quedaba con la nariz pegada al cristal maldiciendo la mala suerte de haber nacido mujer, aunque cumplidos los diecisiete tuve el privilegio de ser una entre treinta de aquellas primeras encapuchadas "ab experimentum" que acompañamos con enorme emoción al Cristo de los Barrios Bajos por las calles.

No sabía entonces que un par de años más tarde llevaría por primera vez sobre mis hombros a un Jesús Vivo hacia los muros del camposanto para rezar por mis muertos, escuchando los murmullos de desaprobación incluso entre mis amigos y los míos porque era una intrusa, porque era una forastera, la primera, en tierra de nadie. En la tierra copada bajo el signo de Caín, bajo el peso discutible de la tradición y los siglos, de la voz grave y los atributos de los hombres. Pero eso es parte de otra historia.

Me ejercité de cofrade como todos los zamoranos, dando mis primeros pasos en "La Borriquita", con las galas de estreno, los zapatitos nuevos y la palma en ristre, de la mano de mi madre. Después, con tres años, amaneció Jueves Santo y también mi madre me enfundó en un abrigo negro de negro paño y me echó al cuello la medalla de latón con cinta verde de seda que tantas procesiones y tantos cumpleaños me acompañó después a lo largo de los años. Aquella mañana en que me puso unos guantes blancos que me sobraban por todos los lados, unos calcetinillos de perlé blanco y una capota de terciopelo negro sobre los ricillos rubitos -no tenía pelo suficiente para sujetar una peineta- y me dió el primer beso antes de salir a las calles para debutar como Dama de la Virgen de la Esperanza. Porque todas nuestras procesiones, de niños y de mayores, comienzan en el beso de la madre y finalizan con el beso de la madre, que siempre te esperaba despierta cuando volvías a casa arrastrando los pies de puro agotamiento.

De la mano de mi prima Carmen, que tendría entonces cinco años y parecía una niña calé, y de mi tía Maruja, que era un bellezón rotundo de Julio Romero de Torres con su cara morena enmarcada en la blonda negra, cumplí mi primera procesión, con las mejillas ateridas por el frío y el orgullo inmenso de saber que la Virgen me sonreía. Y así, de la mano, con mis zapatitos Gorila de suela gorda y la medalla que nos hermanaba sobre el pecho, quedamos inmortalizadas en la cámara del veterano Trabanca al finalizar la procesión, con las doradas piedras de San Andrés de fondo, que aún guardan aquella primera salve chapurreada, salvada por boca de las demás damas.

Y fue mágica aquella mañana en que se quemó mi humilde tulipa de cartón -ahora es de cristal- y pasé por primera vez el puente al lado de la Virgen del manto verde, ese manto que ahora ayudo yo a colocar con mis manos en vísperas de la procesión y que arropa a todos los zamoranos cuando nos acaricia mecido con suavidad y elegancia por sus cargadores.

Dos años después vestiría el luto acompañando a la Soledad, la Virgen a la que todos en mi familia fuimos presentados nada más nacer, porque mi abuela vivía puerta con puerta con la iglesia de San Juan durante más de medio siglo, en aquellos balcones que fueron privilegiados miradores de las procesiones, sentada sobre su regazo inmenso y generoso.


Forrada de ropa, con no sé cuántas capas bajo el abrigo de lana gorda que me tejió mi madre en poco más de un día. De luto riguroso y con la carita lavada; de luto sencillo, sin necesidad de los actuales hábitos estrafalarios que han matado la luminosidad que conformaba el cortejo que acompañaba a nuestra dulce Soledad. La Virgen de las manos enlazadas y rostro hermoso que ya de niña me provocaba lágrimas de emoción cuando la veía asomar bajo el rosetón románico. La Virgen ante la que formábamos mis primas y yo como un pequeño ejército año tras año. La misma que bendijo bautizos, sacramentos, duelos y amores entre los de mi sangre y que contempló los primeros juegos y las primeras sonrisas de mi padre y sus cuatro hermanos, niños de posguerra que jugaban entre los pasos y se hicieron mayores a los pies de su altar.

Y aún pasarían dos años más hasta que pudiese salir al lado de Nuestra Madre. La madre de las madres. La que enciende en amores la noche del Viernes Santo. Era la puesta de largo, porque hasta ese momento las procesiones de la noche estaban prohibidas, era muy tarde. Pero salir en Nuestra Madre era hacerse cofrade con todas las de la ley. Supe entonces del dolor y la decepción, cuando en San Vicente se decidió suspender la procesión ante el aguacero que caía y yo tuve que volver a casa de la mano de mi madre, con mi velita sin encender y las lágrimas inconsolables de los niños, que siempre lloran de verdad.

Después llegaba la mañana de Resurrección, en que Cristo sube por la cuesta de mi casa mientras lo esperábamos en el balcón y descansa al pie de los tilos mientras los cofrades desayunan churros y aguardiente en el patio, cuyas piedras abren el tiempo de los charros y las jotas. Mi madre nos endomingaba de nuevo para incorporarnos desde casa a la procesión, la primera romería de Pascua, que finalizaba con la algarabía de la bajada de Balborraz con marchas de gloria y el sonido de la flauta y el tamboril declarando abierta la primavera.


Ahora ha pasado el tiempo y han cambiado tantas cosas, que daría un mundo por volver a esa Semana Santa en que yo pensaba que los días eran santos de verdad, que todo el mundo se hermanaba de verdad y que las virgenes de espadas no eran de puñales y traiciones. Pero he visto tanta mezquindad, tanto polvo sin barrer acumulado en sus rincones, que ahora sé que esa semana de pasión sólo la santificamos los niños con nuestra mirada limpia. Y creo en el futuro cuando veo pasar pequeños cofrades que no levantan un palmo del suelo y llevan ya su crucecita de madera en la Congregación.


Creo porque veo bebés en brazos de sus padres estrenándose en la fila, haciendo penitencia sin saberlo. Y sus sonrisas y su sueño plácido son la continuidad de todo lo que nosotros hemos ido dejando atrás. Y quiero pensar que a las niñas que ahora llegan al mundo alguien les explicará en tiempo pasado que hubo un día en que a las mujeres nos cerraban las puertas sólo por nacer mujeres. Y yo les contaré cómo nos apostamos en esa puerta para abrirla tímidamente, cómo lo peleamos, cuánto cuesta algo tan simple como ponerse un caperuz y hacer de la noche el silencio.

Sigo sin poder vestir la túnica de La Congregación; de mi Congregación. Siguen sin explicarme por qué no puedo cargar con la Virgen de los Clavos o con el Nazareno, hombro con hombro con los míos. Sigo compilando fotos abrazada a mis amigas -siempre las mismas, más de veinte años compartiendo silencios- antes de hacer la penitencia bajo el caperuz o con la mantilla, sumando años. Sigo huyendo de quienes prostituyen todo lo que tocan utilizando en falso en nombre de Dios. Sigo buscando el anclaje de mi infancia para creer que los Cristos y Vírgenes a quienes rezo a mi manera son carne entre la carne a quienes aprendí a besar desde niña.

La pequeña Lucía, la siguiente generación, me lavó el alma cuando con sólo tres años la llevé conmigo enlutada alumbrando a nuestra Soledad, aprendiendo su primera procesión, la que nunca se olvida. Quizá ella dentro de muchos años hable de la seguridad cálida que le trasmitió mi mano en esa primera noche, como hablo yo ahora de la de mi tía, cuyo tacto aún guardo en la palma de mi mano. Y de su primera mañana de Jueves Santo, en que nevó y cayeron chuzos de punta mientras la Virgen subía por Balborraz y todos nos mojábamos bajo la misma lluvia. Y cómo la peineta se me escapaba entre su pelo suave; y cómo le sobraba guante por todos los lados. De momento, me conformo con encontrar en esos ojos que se abren a la vida la misma emoción, la misma ilusión y la misma admiración que brillaban en los míos cuando tenía su edad.

Y mi Semana Santa reside ahora en los recuerdos y la certeza de que en las aceras nos hacemos de nuevo niños entre los niños. Y que cuando acudo cada Jueves Santo al lado de la Esperanza, la Virgen me sonríe como lo hizo hace ya tantos años, porque encuentra un resquicio de la niña que fui cuando me emociono contemplándole el rostro, cumpliendo a su lado un año más y compilando soles, lluvias, penitencias, silencios y lágrimas en la cinta verde de la vieja medalla que ya no me pertenece porque se la entregué a mi corazón y sé que ahí debe quedarse. Y quiero seguir siendo niña para santificar estos días que sólo el amor salva.
Nadie podrá quitarme nunca, como a tí Roberto; como a tí, Tomás; como a todos los que nacimos cofrades de una u otra manera, esa ilusión primera que es la que nos mueve, nos acerca y nos abriga el corazón tantos años después. Por eso nuestra semana sigue siendo santa.


Ana.

viernes, 15 de junio de 2007

Te he echado de menos

Hubo un año en que no crucé el Duero el Sábado de Dolores como solía, en que no cambié la Tierra de Campos palentina por mi Salamanca en vísperas de fiesta. Un año en que no me salté las clases del Lunes, del Martes y del Miércoles que yo santificaba aguardando procesiones de noche mientras recorría las iglesias por la tarde de la mano de abuela Carmen. Por eso aquel año la llamé por teléfono y no me resistí a decirle que no aguantaba más, que en Carrión había procesiones pero las señoras iban con abrigo de pieles y yo lo que quería era tirar de la capa a los capuchones, alargar mis manitas en busca de sus guantes blancos y a veces obtener el premio de un caramelo por mi osadía. Que no estaban mal aquellos caballeros ataviados con su capa de paño, castellanos recios y dolientes, ni esos bellos pasos con sabor a ermita, pero que al niño salmantino lo que de verdad le entusiasmaban eran los barquillos del Jueves Santo y los "catorce pasos" que él sabía perfectamente no eran tantos pese a las cuentas que echaban los otros niños en las aceras. A la abuela Carmen había que suplicarle por teléfono que fuera el último año de ausencia, que el nieto disfrutaba asomándose curioso al ventanal enrejado de la carrionesa capilla de la Vera Cruz, adivinando tras los cristales al Crucificado, al Sepulcro, al Huerto de los Olivos, al Atado a la Columna, a la Virgen... muchas tardes al año, cual museo de recuerdos a media luz, pero que si había que elegir verja a la que arrimarse se quedaba con la de la cárcel y si tenía que optar por una Vera Cruz apostaba por la del Campo de San Francisco de muchas meriendas de Lunes Santo. Que Carrión seguramente era y es maestra de procesiones y las vive como pocos lugares, desde el Corpus hasta el Carmen, de la Virgen de Belén a San Zoilo, pero que por mucha Piedad de Gregorio que saliera de las Claras, yo era y soy muy de pueblo para todo y muy de Salamanca para sacar los pasos a la calle y esperarlos en las aceras. Siempre en las mismas aceras. Casi en la misma baldosa. Arriba del todo del Camino de las Aguas, frente a la puerta de la Clerecía, mirando a Tentenecio, pegadito al arco de Paulino... El mismo rito, la misma vida. La repetición de la historia, que se rememora y se rehace, y se tranforma inmutable, y se cambia eterna. Y se enriquece con nuevas manos de las que ir tomado, porque abuela Carmen debe hacerlas llegar con el mismo amor con que me tapaba las orejitas al llegar los tambores, o con que remitía a un mocoso como yo cuando le preguntaban por el recorrido unos turistas y yo acababa diciéndoles hasta quién y cuándo hizo el Cristo de aquel desfile, o con que me compraba cuadernos de cuadrícula para mis "semanas santas" inventadas y mis versillos primeros, o con que me trajo aquella mañana de Lunes de Pascua el libro de Javier Blázquez para endulzar mis amargas vacaciones post-procesiones y no me separé de él hasta regresar a Carrión... Con el mismo amor con que fuimos una tarde de febrero a las Esclavas para vestirme de azul y blanco y ser yo el que alargase mi mano a los niños en la acera, y que fuera mi capa la tocada por ellos en la caricia de quien nunca quiere faltar a su cita de cada primavera. Confío en que siempre estaré contigo aunque no estés.

Tomás